Parasite – 기생충 – 2019

Creo que Parasite tiene un problemón. Será porque estoy leyendo las Adventures in the Screen Trade de William Goldman, un libro sobre el Hollywood de los ochenta desde el punto de vista de un guionista, pero el problema (que me resisto a llamarlo un fallo) lo encuentro en su estructura: toda la película palidece en comparación a un segundo acto colosal, tenso, terrible y memorable. Que lo mejor de tu película ocurra en la mitad, desdibujando el verdadero ‘final’ y el tedioso e innecesario epílogo es uno de esos problemas-bendición.

Y es que ¿quién no querría tener media hora colosal, tensa, terrible y memorable en su película? Mejor dejar al público (y al parecer a la crítica) cegados por el brillo del sol central y que no le den muchas vueltas a las partes eclipsadas que le siguen.

Otro pensamiento: Parásito es una película que triunfa en lo vertical y se atasca en lo horizontal. Arriba y abajo, el cielo de la riqueza y los infiernos del inframundo (sea un sótano apocalíptico o un barrio infestado de chinches), en el sofá disfrutando de sensualidades merecidas o bajo la mesa atrapados con sus propios olores. Ahí alumbra el triunfo: en las escaleras por las que suben los ángeles para descubrir diablos tuberculosos en el cielo o por las que ascienden los muertos para causar pesadillas en los niños.

No me atrevo a decir más salvo que sin la cinematofrafía de Hong Kyung-pyo la película perdería toda su pegada (categóricamente, sin peros).

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