Conejos de Rotonda

Bañada en las orillas de un mar de muerte, descansa la isla perfecta. En ella, por decenas, crían, crecen y vuelven a criar huestes de orejas afiladas y pelo pardo. Una conejera aislada del mundo, un criadero a salvo de la crueldad de los hombres y la naturaleza; una mentira.

La serpiente metálica, sucia y veloz de los humanos gira en torno a ellos con la rabia y la crueldad pasiva, ciega, de la que sólo sus obras es capaz, pero los conejos la ignoran. No temen la muerte motorizada igual que no temen al águila; no ven, no entienden. Sólo saben de excavar madrigueras, de buscar alimento en las orillas, de fornicar y parir y salir a correr como idiotas.

Conejos estúpidos, ciegos, confundidos. Tan fuera de su elemento natural, que ni se dan cuenta. La isla les sirve de refugio, de baluarte contra la inmediatez de la muerte que les rodea, pero no les da la vida, sólo les da una pausa, un respiro. Antes o después, todos ellos, tienen que abandonarla y jugarse el aliento.

Mueren a puñados, como idiotas, cruzado el camino de la serpiente metálica y fría, que les despedaza sin hambre ni conciencia. Algunos escapan, o creen que lo hacen pues arriban a otra isla de mentiras, de hambre, de abandono, donde medran sin más motivo que la urgencia genética de su instinto.

Cada primavera una nueva legión nace, conoce la luz y la brisa, trota, mama, siente miedos absurdos pero es valiente ante las más terribles amenazas; se arrojan al río negro de la serpiente y cruzan a toda velocidad, ansiosos sin un motivo claro. Algunos lo consiguen, otros no. Los supervivientes repiten más tarde, siempre a ciegas. No saben de probabilidades, pero se las juegan con alegría.

A veces se dejan ver, sin vergüenza ni pánico, pues tal es su ignorancia que no temen al hombre que habita en la serpiente. A veces se detienen y estiran su cuerpo en alto, las orejas tensas girando sobre sí mismas para encontrar el origen de algún rumor que les ha preocupado entre el estruendo. A veces se dejan mirar y a veces, incluso, devuelven la mirada al hombre.

Le miran sin verle, sin entender que hay ojos tras los cristales, asesinos dentro de asesinos. Su pobre mente sólo comprende que hay un suelo bajo sus pies que tiembla, un aire ardiente en sus pulmones que apesta y que nada es como sus genes les dicen que debería ser. No buscan la muerte, pero la encuentran.

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